Surfear en la ciudad

-Marianita, vení que te peino, que vamos a ir a tomar el té a lo de la abuelita Rosa.
-¡Viva! ¡Viva! -iba aplaudiendo y salticando, porque me encantaba visitarla.
La abuelita Rosa -creo que ya te conté antes- era en realidad mi bisabuela, la abuela de mi mamá. Vivía en la misma casa de toda la vida, en Belgrano, con la tía Elena, hermana de mi abuelita.
Y ahí, arregladas y peinadas, partíamos tres generaciones de mujeres, de visita, como en una comitiva de honor -mi abuelita, mi vieja, Claudia y yo. Era paseo de mujeres, te daba una sensación como de clan, ¿viste?
Ir a visitar a la abuelita Rosa era entrar en un mundo paralelo, lleno de adornos fascinantes, con olor a torta de manzanas y chocolate caliente. Era sentarse a escuchar historias familiares de un tiempo que nosotras ni imaginábamos -¡oobviooo!- de costumbres que nos asombraban, que no podíamos creer.
-¡¿En serio, abuelita?!
-Sí, m’hijita, cuando yo tenía tu edad, no había luz eléctrica en todas partes, reciéeen estaba empezando. Era un poquito más grande cuando llegó la instalación a casa.
-¿Pero, abuelita, cómo hacían? ¿No veían nada de noche? ¿Y cómo hacían para ver tele?
-¡Ja, ja, ja! Sí, amor mío, por supuesto que veíamos de noche. Había un sistema de iluminación a gas y también usábamos velas… Y, en cuanto a la tele, todavía no se había inventado.
Era fascinante escucharla, porque -con mayor o menor precisión histórica- contaba todo de una forma muy divertida. Claudia y yo nos sentábamos junto a ella mientras mi vieja, su madre y su tía -o, lo que es lo mismo, mi abuela y mi tía-abuela-, se entretenían preparando el té y contándose los últimos chimentos familiares.
Una de las historias que más nos gustaba escuchar era la del centenario de la Revolución de Mayo. Nos contaba de los desfiles, de la inauguración de monumentos regalados por las diferentes colectividades, la visita de grandes personalidades del mundo… ¡Ahhh, cuánto la extraño, y muchas veces, porque ya no está -como le gusta decir a mi abu, “nos cuida desde el Cielo”.
Entre tantas otras cosas lindas de esta convivencia, nos quedó el amor y el respeto que sentimos por tíos y abuelos -que mis viejos supieron enseñarnos muy bien. Yo creo que por eso tenemos una familia tan unida, como te habrás dado cuenta, ¡ooobviooo!

¿Y qué onda yo, que vengo ahora con todo esto?
Buehhh… con todos los temas del casorio, pueeede ser que ande un poquiiito nostálgica, pero, más que nada, porque en medio de las corridas y de ir de un lado a otro con trámites, listas de regalos, etc., etc., etc., creo que paso más tiempo yendo de acá para allá arriba del bondi que en cualquier otro lado.
En esto estaba el otro día, feliz de haber conseguido un asiento, porque a la noche tenía un cóctel de trabajo y tuve que salir toooda emperifollada (como dice mi abuelita) por la mañana, de una… lo que incluye los stilettos, ¡ooobviooo!
Ya era como el cuaaarto o quiiinto bondi que tomaba y los famosos zapatos me estaban haciendo pasar un mal rato -un eufemismo por ¡me dolían las pataaasss! (con acento en la “a” y en la “s”)
En una de las paradas, vi que subía una señora mayor, muy linda y elegante y, claramente, bastante cerca de los ochenta, lo que la hacía muuuucho más merecedora de un asiento que varios de los flacos que iban a bordo del bondi.
Serían tipo las tres de la tarde. Miré alrededor, suponiendo que algún caballero se pararía y le cedería el asiento, pero parece que todo el mundo estaba con sueño… ¡TIÍII-PI-COOOO! Estaban tooodos “dormidos” -menos yo, ¡ooobviooo!- así que ¡NADIE vio subir a la señora, mirá vos!
Tenía algo que me hizo acordar de la abuelita Rosa. Me agarró una ternuuuraaa… que ni te cuento.
Le hice señas para que viniera a ocupar mi asiento.
-No, m’hijita, dejá, no te preocupes, estoy bien así.
-No, señora, ¡faltaría más! –le dije y me paré en lo alto de mis stilettos para que se sentara.
¡Faltaría más!… ¡Faltaría más… consideración por las personas mayores, en este mundo, Marianita! –me dije para mis adentros, lo cual, sumado a la posición inclinada de mis pies y la presión que la aguzada punta de mis zapatos ejercía en mis dedos, produjo el inicio de un incendio… o una explosión… o una térmica que saltaba, con olor a mostaza que se subía y, como si fuera poco… adiviná… ¿adivinaste? ¡Síiiii! En pleno premonstrual.
Cual surfista deslizándose en su tablita en un mar con las olas más altas, conseguí pararme en una posición más o menos estable, y, encarando a todos los flacos seudo dormidos, les solté:
-¡¡Pero qué vergüeeenza, flaaaco!! (sí, así, patinando las vocales). Ni uno de ustedes es capaz de ser lo suficientemente caballero como para dejar de hacerse el dormido y cederle su lugar a una dama. ¡Qué es eeeesoo! ¡¿Me tengo que parar yo arriba de los tacos?!
No había forma de que no me oyeran –ya sabés cómo me pongo cuando se me salta la térmica-. Se “despertaron” todos y en menos que canta un gallo tenía tres ofreciéndome sus asientos, mientras el colectivero se hacía todo lo invisible que podía para no tener que intervenir en semejante despelote.
Pobre la señora, se puso colorada al sentir que estaba causando una conmoción.
A todo esto, ya estaba llegando a mi parada.
-Sentate, nena, que yo ya me bajo -me dijo.
-Gracias, señora, pero yo también… (la situación quedó un poco surreal, el bolonqui acabó siendo medio al cuete… ¡pero, en el fondo, fue divertido!)
-¡Parada, chofer! –le dijo la señora al colectivero, que se detuvo inmediatamente, feliz de sacarse de encima a la “incendiaria”.
Bajamos.
-¡Neeena! Sos un amor, pero le metés miedo hasta al más pintado –me dijo, riéndose. -¿Estás apurada? Te invito a tomar el té, tranquilas, en una confitería… al fin y al cabo, es lo menos que puedo hacer por vos, te deben estar doliendo los pies.
Con el fragor de la batalla (como suele decir mi viejo), me había olvidado de los stilettos. Tomé conciencia de las ampollitas que se estaban empezando a formar en mis sufridos talones.
Le agradecí y acepté. Tenía ganas de conversar con ella; de repente, sentí como que la abuelita Rosa había venido para acompañarme en estas corridas pre-casamenteras… ¿será…?
Mandé al diablo todo lo que me quedaba por hacer esa tarde y disfruté de un té con masas e historias nuevas, pero igualito, igualito que en aquellos tiempos.

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¿De quién es el vestido?

-Má, ¿me pasás la sal?
-Tomá, Marianita –me dijo y la apoyó sobre la mesa.
-Si te pido cualquier otra cosa me la das en la mano. ¿Por qué cada vez que te pido la sal la apoyás en la mesa?
-No sé… costumbre…
-¿Nunca te conté de dónde viene esa costumbre? –intervino mi abuelito.
-No, papá, contá –dijo mi mamá.
Y mi abuelito, que no se hacía rogar, explicó:

Resulta que en la antigüedad la sal era muy preciada porque tenía muchos usos; por ejemplo, como antiséptico para combatir o prevenir infecciones, y también era indispensable para que los alimentos no se echaran a perder. Pensá que no había heladeras, así que la forma de conservarlos era por el método de curado con sal. En particular, la carne. La sal absorbe la humedad y la seca, y así se la puede guardar por mucho tiempo para utilizarla cuando sea necesario.

Como tenía tanto valor, se la usaba como medio de pago, ya que se podía cambiar por su peso en oro, incluso. Allá por el año 500 antes de Cristo, a los soldados romanos les pagaban con sal, y por eso al sueldo se le llama “salario”.

Por supuesto que, si se caía al piso, se ensuciaba y ahí ya no servía para su propósito, lo que era un gran percance. Y a veces, sucedía que al pasar de una mano a otra en el pago, por accidente, la barrita se caía al piso, se quebraba y quedaba inservible, y cada uno le echaba la culpa al otro.

Ahí surgía la gran disputa… ¿de quién era la sal que ya no servía? ¿Del que pagaba o del que cobraba?

Por eso, para evitar problemas, adoptaron esa costumbre: el que hacía el pago la apoyaba sobre una mesa y el otro la tomaba de ahí; así, cada uno se hacía responsable de su propia manipulación.

-Mirá vos…- respondió mamá, pensativa –no tenía idea. ¡Qué raro que no me lo hayas contado antes!

¿Y a qué vengo yo con esto ahora…? ¡Já!
Como ya he comentado otras veces antes, don Murphy elaboró un conjunto de leyes y postulados, que parten de su famoso “Todo lo que puede salir mal, saldrá mal”. Y esas leyes se cumplen… ¡a rajatabla! (como diría mi papá).

Fuimos con mi vieja y Claudia a Blanca Della Rosa, la casa de novias, para comprarme el vestido. Mi mamá lo quería mandar a hacer, pero yo preferí buscar uno que me pudiera probar y, si me gustaba, que me hicieran los arreglos necesarios y listo; no tenía ganas de andar mirando revistas, comprando telas… me parecía una pérdida de tiempo.
Me estaba probando como el décimo traje y no terminaba de elegir uno que me gustara del todo.
Marianita, aflojá un poco con las expectativas, no puede ser que nada te venga bien) –me dijo mi conciencia. -¿O será que te agarró de nuevo el miedito al compromiso…? –agregó, medio desconfiada.
Como no me decidía, mi vieja sacó uno de la percha.
-Mari, ¿por qué no te probás este? –me lo dio.
No parecía el vestido, sino la torta de casamiento. ¡Uhhh! Tenía la parte del corsé bordada con perlitas y la pollera era enooorrrmeee, una especie de cupcake de tules y más tules y más tules.
-¿Vieja, te fumaste? ¿Vos me ves a mí con un vestido así? –le dije con la térmica que se me empezaba a calentar por taaanta prueba de vestidos, y –ooobviooo- con bastante poca cortesía de mi parte.
La santa de mi vieja me dijo, con tooooda su paciencia:
-Probátelo, dale, ¿qué te cuesta uno más, si ya te probaste tantos? De repente, el estilo que menos pensabas es el que te acaba gustando…
-Dame –le dije, malhumorada, y entré al probador.
Con el vestido puesto, me miré al espejo y me dio un ataque de risa. Parecía una extraña combinación de princesas de Disney, envuelta en tul y encaje, sólo que en vez de moverme con la gracia que ellas tienen, me sentía más bien como el soldadito de plomo, porque no sabía qué hacer con tanto tul encima.
-¡Ni ahí! ¡Esta no soy yo! -exclamé… bueh… medio que grité.
-¿A verte…? –mi vieja se asomó tímidamente entre las cortinas de terciopelo azul del probador.
Detrás de ella apareció Claudia, que abrió las cortinas de par en par para verme bien.
En el momento que estaba por salir para que el tul pudiera tomar todo su volumen cupcakecoso (léase “capqueicoso”) y verme mejor en el espejo del salón, se armó una de aquellas…
La vendedora que nos estaba atendiendo pegó un grito tipo horror movie y sentí algo, un no-sé-qué violento, que me tiraba contra una de las paredes del probador.
En un segundo estaba estampada contra la pared, mirándome cara a cara con un doberman, que tenía las patas delanteras en mis hombros y las traseras sobre el tul.
Tardo más en contar esto que lo que verdaderamente duró el bolonqui, ¡ooobviooo!
Mis gritos se unieron a los de la vendedora; traté de espantar al perro, pero no era de los que se van a achicar por los grititos de una novia loca.
Con mis intentos de moverlo, el perro se quedó enredado en los tules, de entre los que fue, digamos, extraído por su dueño, que venía corriendo detrás de él desde la vereda y, al grito de “¡Rocco! ¡Rocco!” atropellaba maniquíes a su paso, todo ello al mejor estilo comedia de Disney, para continuar con la temática.
Una vez gobernado el perro, se presentó la gran cuestión: ¿De quién era el vestido? ¿Quién bancaba el perjuicio?
Yo no tenía la menor intención de comprarlo -ya había dicho que no me gustaba. Y, después del paréntesis generado por el ataque de risa que me había dado al verme disfrazada de Disney cupcake, la mostaza retomó el lugar donde había quedado, se me empezó a saltar la vena… y ¡paffff! El susto que me había llevado hizo el resto. Toda colorada y con los rulos volando al compás de mi locura, le espeté –sí, así como suena- le es-pe-té:
-¡Flaco! ¿te volviste loco? ¡¿Cómo no sujetás bien a tu perro?! ¿No sabés que son peligrosos? Y mirá que tuve suerte que no me lastimara, porque te juro que te metía una demanda que no te iban a quedar ganas de sacarlo más a pasear. Mi hermana, esta que ves acá, es abogada, no me deja mentir.
El pibe, que ya estaba lo suficientemente preocupado por los estragos que había causado el fugitivo, quedó como pollo mojado. Creo que a mi lado, su doberman parecía un angelito.
-¡Perdonáme, fue un accidente! A pesar de ser un doberman, Rocco es bastante tranquilo. No sé qué fue lo que pasó, que se le soltó la cadena. Pero quedáte tranquila, yo me voy a hacer cargo de los gastos.
-¡Más te vale! Porque si no, te meto una demanda por daños y perjuicios.
A estas alturas, Claudia, que ya había reaccionado del susto, se me acercó discretamente y me dijo al oído:
-Mariana, ¡bajá un cambio! ¿No ves que el tipo ya dijo que se va a hacer cargo? ¿O querés que se borre y tengamos que pagar el vestido y después tratar de cobrarle a él? Estas cosas se solucionan de buena fe primero. Dejáme las cuestiones legales a mí… si llega el caso.
Mi vieja, por su parte, se fue al otro extremo -ya estaba tratando de consolar al pibe. ¡Por favooorrr!
Mientras tanto, la vendedora se había ido a buscar a la gerente. Ooobvio que la situación superaba ampliamente su autoridad.
-Hola, buenas tardes. –dijo la mujer.
-¡…! – lo que iba a contestar no llegó a salir de mi boca, porque Claudia seguía a mi lado y me apretó el brazo para hacerme callar. Se hizo cargo de la situación.
-¿Qué tal, señora? …Claudia Pintos –le dio la mano.
Por su parte el pibe hizo lo mismo.
-Damián Maciel. Pido mil disculpas de nuevo y -como ya dije- lógicamente, me haré cargo de los gastos. Lo único que le voy a pedir es, si puede ser, en cuotas con tarjeta, porque no puedo de una vez.
Claudia, que me seguía sujetando con una mano, extendió discretamente la otra formando una barrera para que mi vieja no avanzara de nuevo a consolarlo.
-Se sientan las dos en el sofá y me dejan resolver esto a mí –nos dijo entre dientes y con una miradiiitaaa, que no tenía nada que envidiar a cualquiera de las mías.
Obedecimos -¡ooobviooo!- no había opciones.
Había una mesita y se sentaron los tres a conversar. La vendedora trajo una jarra de agua con rodajas de limón y vasos para todos.
Desde el sofá veíamos que hablaban pero no los oíamos. Por lo menos, parecían tranquilos.
Al rato, vi que los tres se reían y se levantaban. (¡Marianita, parece que todo terminó bien!). Suspiré.
Claudia se acercó a nosotras:
-Todo solucionado. Tienen seguro a prueba de todos estos eventos que, según la gerente, son más comunes que lo que pensamos. Así que el vestido –o lo que queda de él- es de la aseguradora que lo va a pagar.
Alivio general.
-¿Querés seguir probándote otros? –me preguntó mi vieja.
Claudia me miró y decidió impedir mi respuesta. Propuso:
-Vengan, las invito a tomar el té en la confitería de la otra cuadra.
Al fin y al cabo, no harm done, como le gusta decir a Felicitas, cuando algo que pintaba fulero le sale bien.

Un domingo pipí-cucú (Parte II)

Entre charlas y planes con mi flía, se nos voló el tiempo. Por ahí, miré el reloj…
-¡Martíiiin! ¡Ya son las seis de la tarde y todavía tenemos que llegar hasta lo de tus viejos!
No te he contado nada sobre mis suegros, los Laurenz. Se llaman Marta y Juan y tienen dos hijos, Martín, mi Flaco, que es el mayor, y Juana, que tiene cinco años menos… ¿Te suena…? Los hijos tienen los nombres de los padres, pero cruzados, ¿no son un plato?
Marta es psicóloga y Juan es gerente de marketing en una empresa.
Viven en Ezeiza ¡Una fiaca llegar hasta allá! Pero ya habíamos quedado que cenábamos con ellos… Además, no era justo darle la noticia solamente a mi flía.
Así que juntamos todos los bártulos, lo subimos al Cachi al auto y partimos a los piques…
…Ya que estamos, ¿sabés de dónde viene la palabra “bártulos”, que se usa cuando uno tiene que juntar unas cuantas cosas para partir, con pocas ganas? Pues de un personaje llamado “Bártolo de Sassoferrato”, que era un abogado o licenciado italiano del siglo XIV que escribió montones de tratados de derecho, que se utilizaban mucho para estudiar y los estudiantes debían juntar los bártolos (los libros) para ir de un lado a otro. (No voy a decir “como me contó mi abuelito o abuelita”, esto lo descubrí sola, de casualidad, en Internet).

Llegamos…
Estaba toda la familia, los padres, Juana con su novio Lucas, y nosotros. Los padres del Flaco no tienen hermanos, entonces, él no tiene primos y la familia no es muy grande que digamos. Por eso es que a Martín le encanta estar con mi familia, que en seguida arma una reunión concurrida, en persona o por Skype, nuestra nueva modalidad.
¡Y oootra vez a seguir comiendo y brindando! –esta vez con el champagne que, por suerte, tenían los suegritos, porque ya no daba para llevarlo nosotros.
Lo pasamos muy bien, volviiimos a hacer planes y organizar lugares y fechas, bueno… así es como es, ¡normal!
Cachito no tenía con quien jugar, así que les hizo unas gracias a Juana y a Lucas y se hizo un ovillo a los pies de Martín y se quedó frito… ¡estaba molido!
Nos quedamos un rato, pero tuvimos que partir temprano, después de la cena, porque nos quedaba el viaje de vuelta y el lunes había que madrugar.

La verdad, ese sí que fue un día agotador, pero divertido y agradable… un domingo digno de mención, estuvo pipí-cucú.

Un domingo pipí-cucú (Parte I)

Después de una semana de locos, el sábado optamos por la vida hogareña: picadita, pizza, pelis a full. Así, como muuucho, una salidita para llevar al Cachi a dar una vuelta, pero él tenía tantas ganas de quedarse haciendo fiaca como nosotros, así que el paseo no fue un “¡loco, qué paseeeeo!” sino un paseíto como para cumplir con las formalidades, tanto los paseadores como el paseado.
Tipo las ocho de la noche suena el teléfono.
-¿Atendés vos, Flac? (nuevo diminutivo útil para ahorrar esfuerzos).
Martín consiguió levantar su esqueleto del sofá y atendió.
-¡Ah! ¡Hola Emilia! ¿Cómo estás?
-…..
-¡Sí, bien! Haciendo un poco de fiaca porque tuvimos una semana a full los dos.
-…..
-A ver… le pregunto… -me miró. -Dice si queremos ir a comer mañana.
No nos faltaban ganas de seguir en la cueva, pero decidimos ir. Si no, se nos iba a ir el fin de semana y el lunes se nos iba a venir encima como un mazazo, seguramente.
-Dale, Emi, mañana estamos por ahí. ¿Qué te llevamos?
-…..
-OK. Algo para la picada. Y compro un pan fresquito, el de ahí de la fiambrería, que te gusta. Ah… y también tengo un tinto riquísimo que compramos un par de botellas para probar y guardamos una para compartir porque nos gustó mucho… ¿Va Claudia o alguien más?
-…..
-Ah, OK. Compro otra botellita porque una no va a alcanzar… tu otro yerno no se queda atrás con el chupi, ¡jajajajaja! Y un par de Cocas para los chicos.
-….
-¡¿Ah, ya tenés?! ¿Hace falta algo más?
-…..
-Y ¡ooobvioooo! –como diría tu hija- el Cachi también va.
Cachi paró las orejas cuando sintió que lo nombraba y lo miró inclinando la cabecita para el costado, como preguntando “¿y yo qué hice esta vez?”
-¡Mañana estás de suerte, Cachito, vamos a comer a lo de los abuelos y vas a poder jugar con Juanchi y Santi!
El pibe se paró y se puso a dar saltitos.
-No, Cachirulo, mañana, te dije, ma-ña-na. Ahora seguí en tu cucha –le dijo y ahí nomás se volvió a echar.

El domingo nos levantamos y desayunamos tranqui… hasta que el Cachi empezó a pedir para salir -¡ooobvio!
-Yo lo saco mientras vos lavás y guardás las cosas del desayuno, Mari. De paso compro todo lo que vamos a llevar. ¿Hay algo en especial que quieras que compre?
-Traéte bastante salamín y unos maníes japoneses, que son los que le encantan a Claudia… ¡Ah… paraaaá…! Traé también una botella de champán… tenemos un anuncio que hacer, ¿no?
El Flaco me dio un beso.
-Ya la tenía en mi lista, quería ver si estabas atenta…
-¡Jajaja, sí, hacéte el vivo, que ya vi que te habías olvidado!
-Pero, Amorchu, ¿cómo me voy a olvidar?
Ahí partieron los dos hombres de la casa, felices y contentos, uno llevando la correa y el otro a los saltitos y dándose aires de importancia, como suele hacer cuando salen “en misión especial”.
Se ve que Martín ese día había amanecido artístico, porque cuando volvieron se puso a cortar los fiambres y los quesos y los acomodó todos en una tabla de madera bien prolijitos, estilo restaurant.
Yo puse el champagne a enfriar en el freezer mientras preparábamos todo. Antes de salir lo metí en el balde de hielo, así lo dejábamos escondido en el auto -capaz que si lo ponía en el freezer alguien lo descubría antes de tiempo.

Llegamos. Entramos el auto y lo dejamos a la sombrita.
No terminamos de bajar, que ya estaban Juanchi y Santi saltando y armando alboroto alrededor de Cachito, que les ladraba y los toreaba devolviendo los saludos.
-¡Abu! ¡Abu! ¡Llegaron Mari y Martín! –gritaban, como si mis viejos a esa altura no se hubieran enterado todavía.
Salieron a recibirnos y mi papá agarró la bolsa con las botellas de vino y mi mamá se hizo cargo del pan.
-Suegrita, mirá la picada que te preparé –dijo el Flaco, mostrándole con orgullo la tabla.
-¡Te quedó pipí-cucú! –dijo mi vieja y ahí mi papá largó una carcajada.
-¿Te estás burlando de mi novio, Pa? Yo no le veo la gracia… –le dije, medio seria (síiii, adivinaste, ¡premonstrual a la vista!).
-No, hija, ¿cómo se te ocurre? Es que justo ayer me contaron de dónde viene esa expresión, que es bastante gracioso, y me tenté.
-Ah, bueno, entonces compartí, no te quedes con el chiste para vos solo…

Mi viejo, si te acordás, es un contador de anécdotas divertidas. Nos sentamos en el living, picada y vino servidos, atentos para escucharlo. Contó:
Allá por los años setenta, Carlos Monzón, un boxeador muy famoso que fue campeón mundial de box, tuvo que ir a París para recibir del alcalde una placa que lo distinguía como el mejor deportista del año.
El tipo estaba muy nervioso por tener que hablar en francés, porque no sabía ni medio. Para hacérsela fácil, Tito Lectoure, su representante, le dijo que se limitara a agradecer con un “merci beaucoup”  y se lo hizo repetir hasta el cansancio.
“Ufa, Tito,
¿qué te creés, que soy un bruto?”, parece que le dijo, medio harto.
Pero resulta que, cuando llegó el momento, con los nervios, se olvidó por completo de lo que tenía que decir. Recibió la placa y en vez de “merci beaucoup”, se mandó un “¡Pipí-cucú!”, que sonaba parecido pero, claro, nada que ver.
Por supuesto que esta situación se hizo noticia por todos lados… y llegó a manos del conocido cómico Alberto Olmedo, que tomó la expresión y la empezó a usar para referirse a personas, cosas o situaciones dignas de elogio.
Risas generales de toda la flía.
-Perdón, Martín, no me estaba riendo de vos, como ves –dijo mi viejo.
-No hay problema, suegrito, pero “en cualquier momento me lo cobro, jejeje”  –dijo frotándose las manos, como quien está perpetrando algo.
-¡A la mesaaaa! ¡Los ravioles ya están listos! –llamó mi mamá.
Como siempre, es-pec-ta-cu-la-res.
Comimos, charlamos, y cuando estábamos por servir el postre, sonó el timbre.
-¡Yo abrooo! –gritó Juanchi.
-¡No, voy yooo! –dijo Santi.
Salieron los dos empujándose mutuamente.
-¡Pregunten primero quién es! –dijo mi vieja.
A estas alturas ya habían abierto la puerta, por supuesto.
-¡Maaaa… la tía Eugenia y el tío Guillermo! ¡Ehhhh! ¡Vinieron! –y corrían y saltaban alrededor de los dos. Guillermo los levantó en el aire y les dio una voltereta.
-¡Qué linda sorpresa! –dijo la abuela.
-¡Mirá vos, qué picarones, no avisaron nada! –dijo mi vieja. –Vengan, siéntense.
-Es que Guillermo tenía que venir a ver a un cliente y me colé de colita rutera. El martes nos volvemos –dijo Eugenia.
Como si no bastase con la picada y los ravioles, teníamos el rogel de la abuela y la tía trajo helados.
-¡Marianita, más te vale que mañana te corras tres vueltas al parque por lo menos! Si no, vas a entrar a la iglesia rodando –pensé, medio ansiosa, porque llegaba el momento del anuncio.
Por ahí veo que el Flaco me hace un guiño y desaparece discretamente.
Fui para la cocina y preparé una bandeja con las copas. Con todo el bullicio que había en el comedor, era poco probable que alguien se diera cuenta de que no estábamos.
Martín entró con el champagne por la puerta de atrás. Agarré la bandeja y nos paramos en la puerta que da al comedor, sonriendo sin decir nada. El primero que nos vio fue Marcelo. La codéo a Claudia, que estaba a su lado conversando con Eugenia, y nos señaló con la mirada.
-¡Eeeepaaaa! –dijo Claudia- ¿Qué me significan esos dos tortolitos parados ahí con champagne y copas?
¡Se hizo un silencioooo…! y todos se dieron vuelta.
Pusimos la bandeja y el balde sobre la mesa y Martín se acercó a mi viejo.
-Suegro querido, te pido formalmente en casamiento la mano de esta pelirroja loca, divina y explosiva que amo tanto -le dijo, sonriendo.
Mi mamá me agarró fuerte la mano, llena de emoción.
Por un segundo sentí… ¿viste en las películas como todo queda tipo suspendido en el aire y el tiempo parece que se detiene? Bueh, algo así. Marianita, empezó una nueva era –pensé- te vas a convertir en una mujer casada.
¿Quién me lo hubiera dicho un año atrás? No, ni ahí.
-¡Pero, qué alegría me dan! –dijo mi viejo.
Todos empezaron a aplaudir, a abrazarnos, a saltar. El Cachi ladraba medio desconcertado.
Guillermo se ocupó del champagne. Descorchó y sirvió las copas. Claudia les sirvió Coca a los chicos y brindamos.
A partir de ahí, se armaron dos “bandos” –el de los hombres, que se quedaron tomando champagne en el comedor y el de las mujeres, que nos juntamos a hacer planes en la sala.
Es decir… tres, porque el tercero -¡ooobviooo!- se fue a jugar al jardín.

¡Mejores amigos…!

Amigo de fiel empeño es el perro con su dueño decía mi abuelito (en castellano básico, el perro es el mejor amigo del hombre), cada vez que me leía un cuento que se llamaba “Coqui, el perrito aventurero”. Era la historia de un perrito que se perdía y que pasaba días y días en una aventura de lo más agitada: lo perseguía un toro, se caía en un río, corría gallinas en una granja, etc., hasta que, por fin, conseguía volver a la casa donde vivía su familia.
-¡Ay, abu, ¿cómo puede ser que la familia haya abandonado al perrito?!
-No, corazón, no lo abandonaron, se perdió. Pero lo que esta historia nos enseña es el amor que tienen los perros por sus dueños, que si se pierden, no van a descansar hasta encontrarlos.
Accidente o no, este cuento siempre me producía angustia. Yo no tenía perrito, pero me imaginaba lo que sentiría el nene del cuento cuando su perrito se le perdía y lo triste que yo me pondría si tuviera perro.
Creo que debe ser por eso que, cuando nos convertimos en felices padres de Cachito, lo primero en lo que pensé fue en el collar y la chapita con nombre y teléfono para el caso de que se perdiera…

A la mañana siguiente del pedido de casamiento nos despertaron a los timbrazos.
-¿Quién viene a tocar el timbre un domingo a las 10 de la mañana? –dijo el Flaco entre dientes.
Se levantó a abrir, en piyama y con los pelos revueltos.
-¡Sorpresaaaa! –escuché desde el baño. Eran las chicas del tercero y los pibes del quinto.
-Traemos facturas y una torta para festejar el casorio. ¡No se crean que van a zafar de festejar con nosotros!
Pero, ¿cómo se enteraron, si no hicimos ningún ruido… y muuucho menos en la cocina, que es desde donde se escucha todo? –pensé.
¡Ah ya séeee… ooobvioo! El bocón de Felipe no se aguantó y desparramó la novedad de toooodo mi despliegue a los otros miembros del edificio. –me respondí solita y al toque.
-Pasen, pasen, que ya venimos. –dijo Martín, mientras los acomodaba en el living.
Cuando entró al cuarto yo salía, con el primer jogging que encontré a mano y un buzo, atándome el pelo en una colita.
Fui a saludar a las visitas.
-¡Así que tenemos casorio en el edificio! –dijo una de las chicas.
-¡Bien ahí los valientes! –agregó uno de los pibes.
-Sí, pero ¿cómo se enteraron? –dije, para confirmar mis sospechas.
-Y… nena, nos contó Fermín, lógico –dijo Álvaro.
Martín hizo café y calentó leche mientras yo ponía las tacitas. Hicimos un brindis con café con leche, facturas y torta. ¡Claro, cómo no compartir este momento, con estos vecinos-amigos que prácticamente tenían en sus deptos una copia de mi almanaque femenino con los premonstruales en rojo, a fuerza de seguir nuestras roscas y nuestras reconciliaciones taaan de cerca!
Pasamos un buen rato con ellos, riéndonos de las peleas, los festejos, los ruidos extraños y otras cosas de la vida diaria que suben por el pulmón del edificio, al que dan todas las cocinas.
Se hizo casi mediodía y todos partieron para sus respectivos programas dominicales.
Nosotros habíamos pensado salir a almorzar afuera, pero con tanta torta y facturas no teníamos muchas ganas de comer… es más, necesitábamos bajar todo el desayuno, así que se nos ocurrió ir a caminar por los bosques de Palermo, para que Cachito también aprovechara y descargara un poco de energía.
Preparamos dos o tres pavadas en una canastita, agua para Cachi, las bolsitas para “regalitos perrunos”, y partimos.
La verdad que no podíamos haber elegido mejor paseo, ¡el día estaba es-pec-ta-cu-larrrr! Sol, temperatura agradable, mucho verde, el amor a fuuullll… ¿qué más se puede pedir?
Caminamos abrazados y Cachito a la par, tranqui, sin tirar de la correa. Cada tanto paraba para olfatear, hacer pis, revolcarse en el pasto, en fin… aprovechar el paseo con todas sus ganas. Después de haber caminado un bueeeen rato, se ve que la torta y las facturas ya habían bajado y nos dio hambre.
Martín encontró un lugar a la sombra de unos árboles, donde desplegamos el mantel de picnic y sacamos los sándwiches y las bebidas de la canasta. Le puse el tachito con agua al Cachi, que tomó un poco y se echó a descansar. Nunca se aleja de nosotros, pero por las dudas, clavamos la agarradera de la correa al suelo con una estaca de carpa… uno nunca sabe, y yo que soy medio paranoica, como ya te conté…
Habíamos llevado una hamaca paraguaya que el Flaco colgó entre los dos árboles y nos tiramos a descansar y hablar sobre el casamiento… ¿vos creés?… ¡Nooo, ni ahíiiii!
Entre las emociones, las visitas y la caminata estábamos mueeertos de cansancio, así que en menos que canta un gallo (como dice mi abuelita) habíamos palmado los tres, porque Cachito estaba pegadito a nosotros, y yo le rascaba la cabecita con la mano que me colgaba fuera de la hamaca.
No sé cuánto tiempo pasó exactamente, pero de repente me desperté sobresaltada y angustiada. Miré al lado y ¡Cachito había desaparecido!
No puedo describir lo que se siente. Te lo juuuro, no da. Una sensación de angustia, miedo, el pensamiento de que está ahí a unos metros, mezclado con la sensación de que no lo vas a volver a ver nunca más en la vida. Un nudo en la garganta…
-¡Martín, Flaco, despertáte! ¡Cachi no está, Martíiiin! –grité.
Como es habitual en estos casos, en medio segundo estaba totaaalmente despierto, despabilado y listo para la acción.
Buscamos por los alrededores llamándolo cada vez más fuerte. Nada….
Les mostramos las fotos del celu a las personas que estaban por ahí, a ver si lo habían visto. Tampoco tuvimos suerte.
Dejamos el mantel y su tachito de agua en el lugar donde habíamos acampado, para que, si llegaba a aparecer, se quedara ahí y le pedimos a un matrimonio con dos chicos que estaban tomando mate cerquita que si volvía trataran de retenerlo y nos mandaran un Whatsapp. Nos fuimos a hacer el mismo recorrido que habíamos hecho antes con él, a ver si por ese lado lo encontrábamos.
Volvimos al raato, sin suerte y yo, a esas alturas, llorando a moco tendido.
-¡Co-co-mo el a-a-buuu, el perrito…! –le dije al Flaco entre lágrimas y sollozos. Él me miró y -¡ooobvioo!- no entendió ni medio, sólo me abrazó y me acarició el pelo.
-No te preocupes, Mari, vas a ver que lo vamos a encontrar. –Me dijo con el tono más convincente que pudo, aunque las perspectivas no ayudaban.
¿Cómo era posible que se hubiera escapado, si nuuunca se iba? Entonces, me vino a la cabeza el peooorrr de los pensamientos… ¿y si se lo habían robado? El Cachi no será de pedigrí, pero es más lindo que cualquier otro.
-¡Flacuuusss, se lo robaron, seguro que se lo robaron! Imagináte que si alguien lo hubiera encontrado y lo quisiera devolver, ya nos habría llamado. La chapita tiene los dos celulares. –ya me sentía totalmente desesperada y el Flaco no encontraba cómo calmarme. ¡Ooobvioo!, ya tenía un máster en premonstruales pero esto era nuevo.
-Vení, amor, vamos a hacer una cosa: vamos al auto y recorremos toda la zona llamándolo. Seguramente se habrá distraído persiguiendo algún pajarito o algo por el estilo y se debe haber alejado un poco. Calmáte, amor, te prometo que lo vamos a encontrar.
Recogimos todo menos el mantel, por si llegaba a volver. Le avisamos al matrimonio que íbamos a recorrer con el auto y quedamos que, cualquier cosa, nos avisaban.
Fuimos caminando para donde estaba estacionado, cada vez más cabizbajos, agotados y con una tristeza que, como te dije, no te la puedo explicar.
-¡Mirá esto, Mari! –me dijo el Flaco de repente. Estábamos llegando al auto.
Miré para donde me señalaba. Al lado de la rueda, hecho un ovillito y pegadito a ella, temblaba nuestro hijo perruno, con una carita que te partía el alma.

cachi_capitulo-31
-¡¿Cachi?! –corrí y lo alcé y lo abracé y lo cubrí de besos y caricias, sin preocuparme por la mugre que tenía. ¡Andá a saber dónde se habría estado revolcando!
-¡Pero, perrito pícaro, ¿cómo se te ocurrió irte solito?! –le dije, rascándole la cabeza. Re-coherente lo mío… retándolo y acariciándolo… pero el enojo y la alegría mezclados te hacen hacer cosas raras.
Así estuve un rato, olvidada del mundo… incluso del Flaco, que se había bancado todo estoicamente.
-¿Me lo prestás a mí un ratito? –me dijo, y le vi en los ojos la misma mezcla de sentimientos que yo tenía. –¡Yo también me muero por abrazarlo, Mari!
Se la había bancado con calma para no sumar estrés a la búsqueda de Cachito, pero se nota que la procesión le iba por dentro (Eugenia aaamaa esta frase) y yo ¡qué egoíiiiista! Se lo pasé.
-¡A ver, macho, si te dejás de joder con escaparte, eh! –lo retó- ¿No sabés lo que es bancarse a tu madre cuando está medio loquita? ¡Ni se te ocurra volver a rajarte!
El pibe se hizo chiquito, lo miró con los ojitos caídos y las orejitas pegadiiiitas a la cabeza, como diciendo “¡te juro que no me escapo nuuunca más, ya tuve suficiente!”

Pasada la angustia y puestas las cosas en claro, con el Cachi a upa -¡ni muerta lo soltaba!-, volvimos al lugar de acampe para buscar el mantel y agradecerle a la flía que nos había ayudado. Los chicos querían jugar con él, pero el Cachi ni pensar en bajarse de mis brazos.
Nos despedimos, volvimos al auto y partimos para casa.
Agotados y todo como estábamos, tuvimos que darle un buen baño, secarlo con el secador de pelo –curiosamente, siempre ladra porque no le gusta que lo seque, pero esta vez se dejó hacer, quietito, sintiendo el calorcito del aire en brazos de Martín.
Le pusimos su platito con alimento pero mordisqueó un par de cositos y no quiso más. Tomó un poco de agua y se enroscó, agradecido, en su camita.
Nosotros también necesitábamos una buena ducha reconfortante.
-Andá vos primero, yo me voy a sentar en el sofá a ver tele un ratito primero.
No esperé a que me lo dijera dos veces.

Ya limpita y más relajada me puse a hacer una sopa de sobre y unas tostadas con queso mientras el Flacus se bañaba. Aunque no teníamos mucha hambre, algo teníamos que comer.
Comimos en la cocina y nos fuimos a la cama.
Ya estaba casi frita, cuando el Flaco me preguntó:
-Ahora que ya pasó todo… me quedé pensando… ¿qué es lo que me dijiste del perrito y tu abuelo cuando buscábamos a Cachi?
-Ah, nada… ¡dejálo para mañana!

El que no arriesga…

-Abuelo, ¿qué te parece que puedo hacer? La quiero convencer a Claudia para que este fin de semana duerma en el sofá de la sala y me preste su cama para que Guada se quede a dormir y podamos estar juntas y charlar…
-Mmm… a ver… ¿por qué no vas y le acomodás los libros en el estante? Esta mañana escuché que tu mamá la estaba retando. Seguro que le va a gustar tu sorpresa y va a estar dispuesta a prestarte la cama.
-Pero, abue, ¿y si después de ordenarle los libros igual no me la quiere prestar?
-Corazón, el que no arriesga no gana… –me contestó mientras me despeinaba con una caricia.
-¿Cómo, abue?
-Claro, las cosas no vienen caídas del cielo. Se necesita poner de nuestra parte para conseguir lo que queremos y, a veces, también hay que arriesgarse a perder algo para ganar lo que queremos conseguir.
-Ah… -le contesté, pero fue un “ah” medio pálido, poco convencido.
Mi abuelito, viendo que no estaba tan feliz con la respuesta, sonrió. Ya tendría tiempo en la vida para ir aprendiendo el significado de este refrán.
Y finalmente… ¡llegó el gran día! Me pasé la semana entera “perpetrando” mi declaración de amor a mi Flaco con pedido de casamiento incluido.
Esta vez, mis cómplices fueron Fermín, el encargado, que se sintió muy divertido de que lo hiciera partícipe de mi plan, y… alguien más…
Fue el sábado pasado. Aproveché que Martín se levantó temprano y se fue al club, porque tenía partido. Después había arreglado con los amigos para bañarse y cambiarse ahí y comer una picadita. Así que volvía recién a la noche.
Le puse la correa al Cachi, que estaba feliz de ligarse un paseo inesperado, y nos fuimos a la librería.
Compré un par de cartulinas rojas, algunas guirnaldas y adornitos y volvimos. Agarré las cartulinas y dibujé y corté varios corazones. En cada uno fui escribiendo una frase. O sea… la mía fue como una especie de “declaración en capítulos”.
El primero decía: “Flacus querido, sos el hombre de mi vida”.
El segundo, “Amo cuando no dejás de sonreír”.
El otro, “Amo tu lado medio loco”.
Y seguían:
“Amo tus virtudes”.
“Amo tus defectos… bueh… ¡sí!”
“Me encanta la forma en que me mirás”.
“Amo las muecas que hacés para que me ría y se me pase la bronca… aunque en el momento me enoje más todavía”.
“No hay nada que no ame de vos”.
“Y, sobre todo, amo todo lo que me hacés sentir”.
Después hice un corazón del tamaño de una cartulina entera para colgarlo en la puerta de entrada:
“Si estás en mi vida, ooobvioo, es por algo…”
Finalmente, en otro corazón de los chiquitos escribí la última parte de mi declaración y lo dejé aparte.
Después preparé las guirnaldas de corazones y las colgué… ahí fue que me agarró el miedito… ¿y si me decía que no, que así estábamos bien?
Marianita, has crecido, has madurado… ya sabés que podés tomar riesgos y, si te sale mal, pues ya te levantarás y te recuperarás –me dijo mi cada vez más sabia conciencia.
-Tenés razón –le contesté. ¡Y me acordé taaanto de mi abuelito! –El que no arriesga no gana –completé.
Entre todos estos preparativos, ya se me había ido casi toda la mañana y tenía que salir a comprar unas cuantas cosas más, no lo podía dejar para la tarde.
-¡Vamos Cachito, que tenemos que hacer unas compras! –le dije, mientras le volvía a poner la correa.
¡El pibe no podía creer! Feliz, dos paseos al hilo, imaginaaateee. Daba saltitos, y tiraba para la puerta.
-Bueno, ¡tranqui! –le dije. –¡despacito!… (No era cuestión de que se volviera loco).
Fuimos a la carnicería-verdulería. Compré todo lo necesario para hacer el plato preferido de Martín -lomo a la crema con champiñones y ciruelas secas, acompañado de papas noisette (las papas noisette eran de las congeladas, tampoco soy Wonder Woman en la cocina!).
Pasé por la heladería y compré helado de chocolate con almendras para el postre.
También -¡oooobviooo!- compré vino y una botella de champagne para el brindis.
Si hay que arriesgar para ganar, pues arriesguemos con todas las de la ley. –pensé.
Volvimos a casa y me preparé un sándwich. No tenía mucha hambre, claro.

Cociné temprano y dejé la fuente lista en el micro. Me tranquilizaba tener la comida ya hecha y la cocina limpia. Estaba exhausta. Me tiré en el sofá, libro en mano, y me quedé dormida antes de terminar de leer siquiera una página. Cachi también se durmió, hecho un bollito en la alfombra.
De repente, me desperté con la sensación de que había pasado mucho tiempo. Miré el reloj: las cuatro. Apenas había pasado media hora, pero me sentía muy descansada.
Terminé de darle algunos toques a la guirnalda y preparé la mesa: puse el mantel de las ocasiones especiales, los platos y cubiertos “de visita” (así llamábamos en casa a la vajilla que mi vieja ponía cuando tenía invitados). Puse también unas velas, e hice un centro de mesa con flores que había comprado a la mañana. Recorrí todo con la mirada para comprobar que estuviera como quería y bajé con Cachi, que había empezado a dar los saltitos y vueltitas de rigor para salir.
Lo saqué a la vereda y terminé de ajustar los detalles de mi plan con Fermín. La idea era esta:
El Flaco me iba a mandar un Whatsapp para avisarme un rato antes de llegar, supuestamente, para que estuviera lista, porque le había dicho que íbamos a salir a cenar con Feli y Fede.
Cuando me llegara el mensaje, iba a bajar para poner los corazoncitos en la escalera y que él los fuera encontrando al subir.
Pero, ¿cómo hacer que él subiera por la escalera, por un lado, y por el otro, impedir que subiera algún vecino?
Acá es donde entraba Fermín, con una idea propia: iba a mojar un poco el piso y colocar el cartel de “piso mojado”­­­­­­ al pie de la escalera para que nadie la usara.
Se iba a quedar de guardia en la puerta. Cuando el Flaco estuviera llegando, iba a sacar el cartel de “piso mojado” y poner el de “no funciona” en la puerta del ascensor, para obligarlo a subir por la escalera. Inmediatamente, me tenía que avisar por Whatsapp que Martín estaba subiendo.
Repasado todo el plan y atendidas las necesidades del Cachi, subí al depto a prepararme.
El corazón me iba a mil. Puse música y me metí en la ducha. Elegí aquel vestidito negro básico de un solo hombro, las medias con diseño y los famosos stilettos. Me puse el perfume que al Flaco le encanta -¡ooobviooo!- y me maquillé y me arreglé el pelo… tres veces. Que para un lado, que para arriba, que para el otro. Al final, me lo dejé suelto y me puse apenas un brochecito como para dar un toque.
Ahora le tocaba a Cachito. Le puse su conjunto canchero de remera y gorra y empecé un adiestramiento básico de emergencia.
-Sentáte. -Se sentó.
Para practicar, le abroché un corazón de prueba en la remera. El riesgo era que se lo sacara y lo hiciera picadillo.
Cero problema. El pibe es un genio. Totalmente perceptivo, tenía claro que le estaban encomendando una misión súper importante y se portó bien.
¡Mensaaajeeee! ¡Ay, qué nervios! Efectivamente, era Martín avisando que más o menos en veinte llegaba a casa.
Bajé, le avisé a Fermín para que ejecutara su parte del plan, y subí colocando los corazoncitos cada tantos escalones, para completar la escalera.
Marianita, agradecé que vivís en el primer piso –pensé al llegar al depto.
Colgué el corazón grande en la puerta y entré.
Unos diez minutos después entró el Whatsapp del portero diciendo que el Flaco ya estaba subiendo.
Agarré el último corazón y se lo abroché al Cachi en la remera.
-Quedáte acá, quieto. –le dije y me paré frente a la puerta. Él hizo lo mismo, firme y haciéndose el importante. Si no hubiera estado tan nerviosa, me habría muerto de risa.
Escuché la llave en la cerradura y el corazón se me disparó.
Martín, que ya venía conmovido por todos mis cartelitos, me miró a los ojos y me estaba por abrazar. Llamalo “casualidad” si querés… Yo te digo que Cachito hizo un ladridito para llamar su atención al último cartel:
“¿Te casarías con esta loca que te ama como sabe, como puede, pero siempre mucho?”
El Flaco me miró con toooodo el amor con que me había mirado estos años que estábamos juntos, pero de una sola vez. Me besó y me dijo:
-Ya te contesto.
Fue al dormitorio y enseguida volvió con una cajita en la mano. La abrió. ¡Las alianzas y un anillo de compromiso! ¡¿Cómo podía saber?!
-Hace bastante tiempo que las compré para proponerte casamiento. Pero ahí preferí arriesgar y esperar a que estuvieras lista, que te decidieras sola, y que fuera por convicción y no porque sí ni por cumplir con pautas impuestas.
-El que no arriesga no gana –como si escuchara la voz de mi abuelito. Los dos habíamos tomado riesgos y los dos habíamos salido ganadores.
Cuando me puso la alianza y el anillo las manos me temblaban, casi no podía ponerle la de él.
Vinieron los besos y las caricias, que no tardaron en ser interrumpidos por un ruidito medio extraño…
Cachito había dado por cumplida su misión, por lo que consideró que podía romper el corazón de cartulina a gusto porque nadie lo iba a retar. Y así fue.

Cambio de rumbo

-Mariana, quedáte quieta, querida, que así no te puedo peinar.
-Mami, ¿a dónde era que íbamos, que no entendí?
-Al compromiso de Laura. ¿Te acordás? Laura, la prima de tu papá, que a veces venía a buscarte y te llevaba a la plaza o al zoológico. Ahora no viene porque se mudaron bastante lejos…
-Ah, sí, mami, me acuerdo… Laura… ¿y qué es “el compromiso”?
-Mmmm… es una fiesta en la que los novios se comprometen a casarse y lo anuncian a la familia. Entonces, intercambian alianzas de oro como esta -me mostró la de ella. -Ya no es tan común como antes, pero todavía se usa.
La conversación terminó por ahí, sobre todo por el apuro para no llegar tarde a la fiesta, pero la palabra compromiso me pareció divertida y mientras tenía que esperar quieta en un sillón para no desarreglarme, movía los pies para atrás y para adelante y las manos para arriba y para abajo -lo más que se me permitía mover en ese momento- y repetía com-pro-miso, com-promiso, compro miso, muerta de risa.

Ya en la fiesta, cuando llegó el momento, los novios declararon formalmente que se comprometían –cosa más que ooobviaaa, si todos sabíamos a qué íbamos-, intercambiaron las famosas alianzas, y anunciaron que se casarían en un año. Estaban serios y formales y ahí –creo- fue cuando la palabra ya no me pareció taaan divertida. Pensé que Laura ya no venía a buscarme, no porque viviera más lejos, sino porque tenía novio y prefería pasar el tiempo con él.

Y, hablando de pasar el tiempo… hace raaato que no escribo en este blog, lo admito.
Hubo mucha agitación en la agencia con un par de campañas publicitarias que hicimos y tuve que viajar, también por el trabajo. Pero la verdad verdadera es que pasé por un laaaargo período de introspección.
Después de que Eugenia se mudó para San Luis, fue como si tantos cambios familiares me hubieran superado. Me costaba adaptarme, sentía que había perdido el rumbo. Así que me dediqué a “hacer la plancha”… ya sabés, “dejarse ir, que fluya”, sin tomar muchas decisiones, procesando todo en silencio.
Es cierto que había decidido salir de mi burbuja, pero una cosa es decirlo y otra cosa muy diferente es hacerlo. Me llevó su tiempo.
Me pasé muchos ratos como un bicho bolita, metida en mis pensamientos. El pobre Cachi se quedaba quietito al lado y cada taaanto levantaba los ojitos, me miraba y me lamía la mano. Él también “hacía la plancha” mientras pasaba esta tormenta y me daba muestras constantes de su amor incondicional.
Y el flaco… mi adorado Flaqui, ni te digo, con su saaanta paciencia de siempre, sin muchas preguntas ni explicaciones. Entendía lo que me estaba pasando y estaba también, firme, en todo y para todo. No escatimó ningún esfuerzo para sacarme de la depre, me llevaba al cine, a comer, al club…

Hasta que, un buen día…
Me desperté y después de bostezar con la boca tan enoooorme como para tragarme un dinosaurio, dije:
Marianita, ¡es hora de tomar el timón y hacer un cambio de rumbo!
Me levanté llena de energía y ganas de hacer cosas. Era sábado, así que me puse unas calzas, zapatillas, un polar y me até una colita.
Martín seguía durmiendo. Me acerqué a él y le dije despacito:
-Hola, Flacus, amanecí con ganas de salir a caminar. ¿Tenés ganas de venir?
-Mfgmkfg… (traducción: no, gracias, amor, andá vos que tengo ganas de dormir).
Le di alimento y agua a Cachito y me preparé un café, tostadas y jugo de naranja.
Tuve que desayunar medio rápido porque el Cachi empezó a hacer sus saltitos y vueltitas y, como no quería tener que limpiar, agarré a la pasada una bolsita para recoger regalitos y salimos casi corriendo.
Cachito estaba híiiiper contento, tanto por el paseo como porque yo me empezaba a parecer a la Mariana que él conocía.
El día estaba espectacular, casi primaveral. El sol me cargó más las pilas todavía y empecé a tararear una música que me daba vueltas y vueeeltas en la cabeza. ¿Qué era? ¿Dónde la había escuchado? Empecé a repasar mentalmente todos los cedés que había estado poniendo durante mis meditaciones y los que Martín escuchaba… Nada, ni idea.
De repente, cuando tropecé con una chica y me disculpé, me acordé de un pedacito “Fue sin querer…” y lo repetí una y otra vez pero no conseguía enganchar la estrofa. Ahí me acordé de otra partecita “no te busqué”….
¡Ahhh, nooo, tengo que averiguar qué es!
Me senté un rato a descansar en un banco de la plaza y busqué en Internet las partes que tenía. La encontré. Era una de Serrat, “Es caprichoso el azar”. Pero, ¿dónde la habría escuchado?
-¡Ahhhh! ¡Ya séeee! En lo de Eugenia, cuando estuvimos haciendo la mudanza. -dije en voz alta y el Cachi me miró con cara de ¿vas a estar loca de nuevo, Mari? Le rasqué la cabecita.
¡Qué loco que me viniera ahora esa canción! Oobvioo que la quería escuchar, así que aproveché que encontré en Youtube una que tenía la transcripción de la letra.
No era casualidad… Me trajo algún eco, algo me movió. Pero llegué hasta ahí nomás.
Estuve tooodo el día con la musiquita en la cabeza. A la noche dormí poco, a cada rato me despertaba con pensamientos revueltos con pedazos de la letra, ¡un caos!
Marianita, ¿qué te está pasando? –me dije cuando me levanté. –No vas a empezar a estar rara de nuevo, justo ahora que te estás recuperando.
Era domingo, así que fuimos los tres a comer a lo de mis viejos y la pasamos bárbaro. También fueron Claudia y Marcelo con los chicos y Cachi se divirtió como loco con ellos… y ellos con él, ¡ooobvioo!
A la tarde volvimos al depto y Martín se pegó una ducha y se fue a tomar algo con los amigos. Yo opté por remolonear un poco.
Puse música, Cachi se enroscó en su camita –estaba fundiiido de tanto jugar con mis sobrinos- y yo hice lo mismo en el sofá y agarré el libro que estaba leyendo.
Y, cual epifanía, de repente y sin pensarlo, entendí por qué esa canción de Serrat me traía ecos. La puse otra vez y leí la letra…

Es caprichoso el azar
Fue sin querer…
Es caprichoso el azar.
No te busqué
ni me viniste a buscar.
Tú estabas donde
no tenías que estar;
y yo pasé,
pasé sin querer pasar.
Y me viste y te vi
entre la gente que
iba y venía con
prisa en la tarde que
anunciaba chaparrón.
Tanto tiempo esperándote…
Fue sin querer…
Es caprichoso el azar.
No te busqué
ni me viniste a buscar.
Tú estabas donde
no tenías que estar
y yo pasé,
pasé sin querer pasar.
Pero prendió el azar
semáforos carmín,
detuvo el autobús
y el aguacero hasta
que me miraste tú.
Tanto tiempo esperándote…
Tanto tiempo esperándote…
Fue sin querer…
Es caprichoso el azar.
No te busqué,
ni me viniste a buscar.

El Flaco y yo nos habíamos conocido medio por casualidad, saliendo de un shopping. En ese momento se largaba un chaparrón y él me cedió el taxi que había parado. Creo que me enamoré de él en ese preciso momento. Así que le pregunté si lo podía acercar –nobleza obliga- y casualmente (¿casualmente?) íbamos más o menos para el mismo lado.
En medio de la lluvia que caía a baldes y el cielo que se había puesto negro, el taxi iba a paso de tortuga. Las luces de los semáforos y los carteles hacían “efectos especiales” dentro del auto y en un momento me miró y me dijo:
-Disculpáme si te parece que voy medio rápido, pero ya me voy a tener que bajar, así que es ahora o nunca… ¿me darías tu teléfono?
¡Un caballero! Se lo di.
Dos días después me llamó y me invitó a cenar. El resto… ya lo conocés.
¡Fue por eso! Me empezaron a caer las fichas en la cabeza una a una, cual Tetris:
Durante todo este tiempo en que estuve medio hecha bicho bolita y me sonaba esta música allá en lo más profundo de mi subconsciente, se venía gestando el cambio de rumbo que –conseguí admitirlo para mí misma- estaba necesitando.
Marianita -me dije. –Se casó Valentina y es feliz con el amor de su vida. Se casó Eugenia con su amor de adolescencia. Y vos, ¿a qué le tenés miedo?
-Es verdad, ¿a qué le voy a tener miedo?
El Flaco es el amor de mi vida y no me imagino estar sin él –y él sin mí, oobvioo- ¿entonces por qué no casarnos también y asumir el compromiso de vivir la vida juntos celebrándolo con todos los que queremos?
Con esto, cayó dentro de mi cabeza la última ficha del Tetris y todo quedó acomodadito.
Fin de una experiencia larga y difícil, pero que me hizo subir como tres escalones de una vez en mi búsqueda de la madurez emocional.
Ahora, sólo falta hablar con el Flaco… –pensé. –Tengo que buscar el momento…

Burbujas al sol

-Abu, ¿me preparás el líquido…?
-¿Qué líquido, mi cielo?
-Ese que siempre me hacés, Abu, el que sirve para hacer globos.
-¿Globos…? ¡Ahhh, vos decís el de hacer burbujas!
-Sí, sí… burbujas, Abu. ¿Me lo preparás? -le dije, aplaudiendo y dando saltitos de alegría, mientras me soplaba los rulos que se me venían a los ojos.
Y allá fue mi abuelo, con su saaanta paciencia, a prepararme el líquido mágico para que hiciera mis burbujas.
Tendría unos cinco o seis años, creo. Me acuerdo que era un día de sol, así que pedí permiso para salir al jardín. Tomé el recipiente con “el líquido” (que no era más que la clásica mezcla de agua y detergente, en una proporción que mi abuelo hacía perfecta para que las burbujas salieran grandes y duraran bastante) y busqué en un cajón el aro de alambre con manguito de madera que mi papá me había armado y que yo atesoraba.
Y allá fui con mi líquido mágico y me puse a hacer burbujas y a saltar y a correr por el jardín. Por ahí soplaba varias y me quedaba mirando los reflejos de colores que hacían cuando flotaban al sol, o si no, corría con el brazo extendido para que el aire pasara por el alambre y se armara una burbuja laaarga y gooorda, que me hacía morir de risa.
De repente, me salió una enooorme y me quedé mirando, maravillada, cómo subía y se llenaba de colores.
Estaba tan absorta que no me di cuenta de que Claudia había salido al jardín con una amiga. Vino corriendo y, por divertirse, saltó, le clavó el dedo y la rompió.
¡Pa-ra qué-e-e-e!
-¡Maaalaaa! ¿Por qué me rompiste mi burbuja? ¡¿Por qué me la rompiste?! ¡¿Eh?! ¿Por qué? –genio y figura.
-Pero no seas tonta, no te hice nada, si no es más que una burbuja de jabón. ¡Dame acá! –me sacó el palito y se puso a hacer burbujas- ¡Ahí tenés un montón, mirá!
-¡Pero yo quería la oootraaa! -le contesté, mientras pataleaba y lloraba a moco tendido.
Claro que podía hacer otras, pero esa burbuja me gustaba mucho y quería que me durara…

El caso es que el tiempo pasa, una va creciendo, y aquella burbuja que tanto le gustaba, además de ser linda y colorida, se convierte en otra, más y más grande, taaaanto, que de repente una se encuentra instalada muy cómodamente dentro de ella.
Y también de repente, sucede algo que, igual que el dedo de mi hermana mayor, viene y te la pincha…
Te toma por sorpresa, porque no te habías dado cuenta de que estabas dentro de una burbuja, en tu zona de confort.
Y ese dedo -el dolor o la circunstancia- que te la pinchó, te desinstala, te saca de ella, y te obliga a aceptar que las cosas han cambiado y que ahora te toca a vos cambiar, pensar,  para seguir adelante… Y no sirve insistir en que querías esa burbuja.
Y duele, cuesta.
¡Ay, ay, ay, Marianita! -me pregunta mi conciencia- ¿qué nos está pasando? ¿Ya no estamos taaan cómodas en nuestra burbuja?
Eso, ¡¿qué me está pasando…?!

Eugenia y Guillermo volvieron de su luna de miel en Isla Margarita y llegó la hora de hacer las valijas y preparar la mudanza para irse definitivamente a San Luis.
Decidieron no levantar el departamento, cosa de que tanto ellos como Francisco tengan un lugar donde quedarse cuando necesiten venir a Buenos Aires. Así que sólo se lleva la ropa y algunas cosas.
El caso es que el sábado me invitó a pasar una mañana de tía y sobrina –con cierto gusto a despedida- para que le hiciera un poco de compañía y la bancara un poco con la mudanza.
Preparó sus espectaculares mates con tortas fritas, como siempre. Prendió el equipo de música y puso Serrat a full. ¡Si este hombre supiera lo fanática que es…!
Así pasamos un buen rato, conversando, seleccionando cosas, tirando algunas, y guardando otras. Como siempre pasa en las mudanzas, nos encontramos con varios recuerdos y nostalgias. También aparecieron cosas que la tía hacía tiempo que andaba buscando, ooobviooo.
Lo primero que puso a mano para llevar fue la ropa y su inseparable notebook.
-Sin ella, me siento casi tan desnuda como sin la ropa. –Me dijo, riéndose.
-Y a mí, bien que me ayudó, ¿no? ¿Te acordás cuando creamos el póster para Martín?
Eso llevó la conversación para el lado del amor… ¡y cuánto amor en la familia, no se puede negar!
Nos quedamos pensativas.
-¡Cuántas cosas pasaron este año! ¿No? -me dijo de repente.
-Es verdad -le contesté, y me empezó a dar ese no-sé-qué en la boca del estómago.
Es que hubo muchas cosas lindas -la llegada de Cachito, el casorio de Valentina, y ahora el de Eugenia, pero, por el otro lado, también hubo pérdidas, las partidas -Valentina a Estados Unidos y la tía, que no se va taaan lejos, pero ya no la voy a tener a unas cuantas cuadras de casa.
Para cortar un poco el mambo, nos reímos hablando de los nuevos recursos que habíamos pensado para poder mantener a la flia cerca y seguir compartiendo cosas, como los festejos por Skype -el nuevo gran aliado familiar- y los grupos de Whatsapp.
¡Cuántos cambios! Y cuánto cuesta afrontarlos.

Así, se nos fue la mañana y volví a casa. Estaba sola, porque Martín y Cachi se habían ido al club. Eran casi las dos de la tarde, pero no tenía hambre -con el mate y las tortas fritas…
Junto con una música indefinida, que me daba vueltas por la cabeza, me quedé pensando en esto de la zona de confort, que se me había esfumado en el aire como las burbujas.
-¿A ver qué dice mi librito de autoayuda sobre esto?
Marianita, esto es parte de la madurez emocional que estás buscando. –apuntó mi conciencia.
-¡Shhh! Dejáme leer…
Según el libro, ante nuevos acontecimientos, nuestra mente compara todo el tiempo y trata de asimilarlos a lo que ya conocemos, pero se desconcierta porque no es así, son diferentes.
Dentro de nuestra burbuja, todas las excusas y explicaciones que nos protegen del dolor son válidas y reales. Pero, oobvioo, valen solamente ahí adentro.
Entonces, pasan cosas que vendrían a ser como el dedo de mi hermana mayor. Te pinchan la burbuja, te cambian el mundo… y tenés que ponerte a descubrir el paraqué- de-la-cosa, lo que tenés que aprender.
OK, está -pensé. –Yo quiero salir de la burbuja, pero ¿cómo descubro mi propósito personal?
Seguí leyendo, y esto es lo que saqué en conclusión:
Una tiene que ver todo como a su favor, incluso lo que parezca malo, porque nunca se sabe…
Hay que ir de a poco. (OK, de a poco todo bien, me asusta menos). Vale ponerse objetivos chiquitos, pero eso sí, cuando se logra uno, ¡adelante con el siguiente!
También es muy importante amarse a una misma. Cuidarse y valorarse, y plantearse las mejores maneras de vivir la vida (¡Ahhh! Esto me sale bastante bien!)
Hay que reprogramarse (¡Opaaa! ¿Te parece? ¿Taaanto así?).
Me aclara el librito que, cuando una “cambia su chip” cambia toda la forma en que una siente y vive su vida y esto sirve para descubrirse y trabajar para ser la persona que una quiere ser verdaderamente. (¡Ahh! OK, entonces. Ya está).
No. No está nada. ¡Una mieerrrdaaa…! Parece que después siguen oootras fases.
Al principio, todo se queda en los sueños. Una sabe lo que quiere y se entusiasma, pero no sabe bien cómo meterle pilas (mmm… ehhh… ¿hago esto?… ¿hago aquello…?).
Y enseguida (¡Ooobvioo, no me la iban a hacer taan fácil!) llega la primera derrota. Claro, una está probando cosas nuevas, es normal que se equivoque.
Y… ¡atención, Marianita!, ojo a la burbuja, que es fácil caer de nuevo en ella con excusas como que estás muy ocupada para escribir en el blog, o comer comida chatarra. –me dijo la hinchapelotas de mi conciencia, que -¡claro!- iba siguiendo el libro conmigo.
-Está bien, voy a tener cuidado. ¡Lo juro! –Contesté en voz alta, con la mano derecha sobre el libro…
Entonces, (¡por fin una bueenaaa!) una encuentra su verdadero yo.
Llega la fase de madurez, una se libera de la burbuja de una vez por todas y le empieza a sentir el gustito a cada éxito, se hace más fuerte, le dan más ganas de cumplir sus metas.
Bueno, Marianita, –pensé- difícil o no, esto es lo que estás buscando, la madurez. ¿No es así? ¡Enfrentálo!
Me quedé un laaargo rato mirando el libro sin verlo, pensando en todo esto que acababa de leer, digiriendo los cambios familiares, el desafío de adaptarse a las nuevas situaciones.
No sé cuánto tiempo me quedé así, con los pensamientos entreverados con esa musiquita que tenía dentro de la cabeza…

 

Por ahí, levanté la vista. Por la ventana se filtraba un rayito de sol, pero ya no había más burbujas.

¡Feliz día, Pá!

Es el día del padre y nos vamos a ver en el almuerzo, pero quiero darte las gracias públicamente por todas las cosas que me has enseñado, por todo lo que me has dado.
Con tus más y con tus menos, has sido el mejor de los padres que podías ser y te quiero mucho.
Me enseñaste el amor, el respeto, me marcaste el estándar de hombre al que debía aspirar y que hoy es el hombre de mi vida, mi Flaco querido que me hace taaan feliz.

Y, aprovechando esta fecha… ¡veo que vamos progresando!
El otro día estaba esperando al médico en la sala de espera  de la clínica y vi varios papás acompañando a sus esposas y bebés que iban llegando. Hasta vi uno que llevaba la cartera de su mujer colgada en bandolera sin inmutarse, chocho de la vida, con la certeza de que eso no lo hacía menos masculino, sino todo lo contrario… era una ternura.
Como ya te comenté  en otra oportunidad, cuando el flaco y yo nos mudamos juntos hubo distribución de tareas equitativamente. Para mí, si laburamos  los dos, nos ocupamos de la casa los dos… o no? Y mi Flaco, mi Martín, comparte esta filosofía.
Aún así, esta dinámica no parece privativa tanto de las parejas jóvenes, sino más bien de las parejas modernas. Mirá, si no, Eugenia y Guillermo. No son viejos, pero jóvenes no son. Sin embargo, ellos se organizan lo más bien juntos, uno se ocupa de una cosa y el otro de otra, según el momento y la necesidad.
Parece que las cosas van cambiando y los varones están cada vez más involucrados en la casa y la familia. ¡Un poroto para ellos!

A todos estos padrazos, comprometidos, metidos hasta las manos en las cacas de sus bebés, en la preparación de papillas, en convertirse en caballitos trotadores, en príncipes encantados y en superhéroes, les deseo:

¡Muy feliz día del padre para todos …y en especial para vos, Pá!

Día del padre2

De amores y corridas

-¡Mariana, vení a comer! …¿Qué estás esperando? ¿la carroza?
Oootra de las clásicas de mi vieja cuando demorábamos en hacer algo que nos había mandado a hacer.
-¡Voooy mamáaaa!
Un día le pregunté a mi abu qué quería decir esperar la carroza.
-Ah, mi cielo, es una expresión nomás…
Más tarde supe (y no me lo debe haber querido decir entonces) que significa las antiguas carrozas fúnebres, que algún día llegarían, en definitiva, pero que uno no tiene ningún apuro y prefiere esperar y esperar sin hacer nada para que llegue.

Hace poco, a raíz de una campaña publicitaria que estábamos preparando, se armó una discusión en la agencia: ¿se dice “esperar algo…” o “esperar a (que) algo…”? y me vino a la mente aquella frase, por lo que yo sostenía que lo correcto era “esperar algo”.
Para zanjar la cuestión, Patricio -Pato para los amigos- fue a buscar el diccionario de dudas que estaba en la oficina de al lado y fue ahí que nos cayó la ficha que se nos había escapado: tanto unos como otros teníamos razón, porque ambas posibilidades son válidas. ¡Chan! (el de “suspenso”, ¿viste?).
La cuestión es que la palabra “esperar” tiene varios significados, pero he aquí los dos más importantes:
El primero es tener la esperanza de que ocurra algo, tipo: espero que vengan todos; espero que sean muy felices, etc.
El otro, es no empezar a hacer determinada cosa hasta que ocurra otra, como: espero a que llegue mi viejo para poner los fideos; no espero a que llegue la primavera para ponerme a dieta.

Y hablando de fideos, el viernes Eugenia y Guillermo nos invitaron a una fideada en el departamento de Eugenia.
Como queda bastante cerca de casa, llegamos primeros. Nos encontramos con una sorpresa, una mesa muy linda, flores, velas -como es costumbre de mi tía- y los dos muy emperifollados. Pero algo nos llamó la atención: …¡la notebook en la otra cabecera de la mesa! ¡Doble chan!
¿Qué se traerían entre manos estos dos? Si había una notebook en la mesa y no era el cumpleaños de nadie… mmmm…
Enseguida llegaron los demás, mi abuela, mis viejos, José Luis y Marga. Cuando vieron la notebook nos miraron y se miraron entre ellos, intrigados y preguntando con gestos qué estaría pasando. La única que esbozó una discretísima sonrisa -que pasó desapercibida para todos menos para mí, que la espiaba para ver si sabía algo- fue mi vieja. Unos minutos después, aparecieron Claudia y Marcelo con los chicos.
-¡Hola tíaaaa! ¿Lo trajiste a Cachito?
-No, amor, se quedó en casa acurrucadito en su cama porque hace mucho frío.
-¡Ay ….¿por qué no lo trajiste?! -se quejó Juanchi.
-Bueno, hacemos una cosa: mañana a la tarde, si tu mamá los puede traer, se vienen a casa a jugar con él mientras nosotros aprovechamos a tomar unos mates.
La miré a Claudia, que asintió:
-Bueno, dale, quedamos así.

Guillermo trajo el vino y puso la clásica picadita sobre la mesa.
Comimos la picada, charlamos, vinieron los fideos -que, dicho sea de paso, Eugenia los había hecho a la parisienne, que me encantan- y de postre, una mousse de limón livianita.
Después vinieron el café y los petit fours y la conversación continuaba sin novedad sobre el motivo por el cual la notebook continuaba allí sobre la mesa.

De repente, el reloj del comedor dio las once. Como sintonizado con él, Skype empezó a sonar ¡tu-ri-ru! ¡tu-ri-ru! ¡Era Francisco!
-¡Hola, vieja! Acá estoy, como me pediste, con toda la flia. Atrás de él apareció Isabel saludando también y, empujándose, a los costados, Marina y Edu, que querían saludar a su abuela.
Un minuto después entró otra llamada:
-¡Hola tía, acá estamos! ¡Hola, pa y ma! ¡Ay, están tooodos! ¡Hooolaaaa!
Valentina, con su misma energía de siempre, y Marcos, pegadito a ella.
¡Chan! Por lo visto, sí, era un acontecimiento familiar…
-¡Bueno, cuenten, ¿qué se festeja?! -preguntó Francisco, muy intrigado.
Guillermo se puso formal:
-Francisco, vos sabés que soy un tipo medio chapado a la antigua (por lo visto, Guillermo tambiéeen tiene la costumbre de usar frases de abuelitos), así que quisimos reunir a toda la familia para pedirte formalmente la mano de tu mamá.
Francisco se rió:
-¡Claro, Guillermo! ¡No podría haber nadie mejor para estar al lado de mi vieja toda su vida!
Entonces, Guillermo se puso de frente a Eugenia, muy ceremoniosamente le tomó la mano y le preguntó:
-Eugenia, ¿te casás conmigo? -y sacó un estuche del bolsillo.
-¡Sí, obvio! -sonrió ella, y extendió la mano para que Guillermo le pusiera el anillo.
En medio del alboroto y la alegría, mi vieja apareció desde la cocina con una bandeja con champagne y copas para brindar. (¡Ah, pícara, ella ya sabía!, por eso la sonrisa cuando llegaron).
Isabel, siempre lista, apareció al minuto con champagne para ellos y gaseosas para los chicos y Valentina y Marcos abrieron un vino, porque no tenían champagne en la casa.
Brindamos, gritamos “¡Vivan los novios!”, aplaudimos, y todas esas manifestaciones bobas de la alegría y el gusto que sentíamos por la novedad.
Después, Guillermo tomó de nuevo la posta:
-Esta es la mujer que amé y esperé toda mi vida. Ya las circunstancias nos separaron una vez cuando no había nada que pudiéramos hacer al respecto. Ahora, por mi trabajo, necesito estar en San Luis y se hace difícil ir y venir. Esta vez, sí está en nuestras manos no separarnos más, y como Eugenia puede trabajar en cualquier lugar del mundo, mientras tenga wi-fi, dijimos “¿qué vamos a esperar?” y decidimos irnos a vivir allá.
Aplauso generalizado, besos y abrazos de todos.
¡Qué alegría! La de ellos es una historia digna de una escritora romántica como mi tía, que no pudo vivir ese romanticismo con Antonio, su primer esposo, que era un tipazo, pero muchísimo más pragmático.
Ahora fue Eugenia la que continuó:
-Guillermo se tiene que ir muy pronto para allá por un período medio largo y no quisiéramos esperar a que pueda volver -dijo. Y preguntó:
-Fran ¿te parece que ustedes podrían viajar para acá en un mes?… ¿Y ustedes, Valen y Marcos? ¿Podrán venir al casorio de esta tía que los quiere tanto?
¡Já! Hablále de amor a la que tiene un doctorado en eso. En un toque, Valentina ya había pensado en todo y saltaba y bailaba alrededor de Marcos, que la miraba tan embobado como siempre.
Francisco e Isabel tenían una organización un poquito más complicada, pero en un mes -dijeron- podían estar acá.
-Tengo otro pedido para hacerte, hijo -dijo Eugenia- nos vamos a casar por civil y por la iglesia… ¿entrarías acompañando a la novia?
¡Guau! ¡Qué impactante debe ser para Francisco, llevar del brazo a su madre hasta el altar! Ooobviooo que aceptó muy emocionado.
-Y el último pedido -dijo Guillermo-: Francisco e Isabel, Mariana y Martín, ¿quieren ser los padrinos?
Casi me muero. ¡Esa síiii que no la esperaaabaaa! Había sido testigo del civil de Valentina, pero madrina en la iglesia… ¡Qué emoción!

Parece que, al igual que el festejo de los acontecimientos familiares por Skype, también es costumbre hacer los casamientos a los piques. Tanto el de Valentina como el de Eugenia se hicieron en un mes y toooda la flia puso su parte para que todo saliera a pedir de boca (esta no fue de mi abuelita, sino de Guillermo, que es evidente que está hecho a la medida para la familia).
Todo fue muy sencillo y elegante, con la familia y apenas un par de amigos de los novios.
Se hicieron las ceremonias una a continuación de la otra: el civil -que consiguieron un turno temprano- y después la iglesia, en una capillita que quedaba muy cerca. Los dos estaban elegantísimos, mi tía con una pollera con chaqueta de raso celeste pastel, y Guillermo con un traje azul oscuro, de muy buen corte.
Después fuimos todos a almorzar a un restaurante en el que habían pedido que armaran las mesas y habían elegido dos menús para que tuviéramos una opción. Fue sumamente agradable, ameno, exactamente a la manera de Eugenia y Guillermo.
Después que retiraron los platos del postre, un mozo apareció con una espectacular torta de bodas -regalo sorpresa de Valentina y Marcos-, y champagne para brindar.
Y de repente, cuando nos quisimos dar cuenta, los novios habían desaparecido para disfrutar de una tarde de spa y una noche en un hotel, regalo de Francisco e Isabel.
Después salían en un vuelo a la Isla Margarita a pasar una semana -esto a cargo de mis viejos y mi abuela- y volvían para hacer la mudanza de lo que necesitaban llevar a San Luis.

La verdad, después de haber visto la felicidad de estos dos seres taaan queridos, y cuánto disfrutaron reunidos con toda la familia, me vino a la mente aquella discusión sobre la espera. Oooobviooo, amándose con ese amor tan de novela, ¿qué iban a esperar para vivir su vida juntos?